sábado, 9 de octubre de 2010

Gatos pardos

No nos gustan los cambios, en general. Irrumpen en la vida como un nuevo electrodoméstico que nos ha tocado en una rifa en la que no recordamos haber participado y no sabemos dónde meterlo sin tener que renunciar a nada de lo que ya teníamos. Hay en ellos demasiados botones y vienen sin garantía ni instrucciones de uso. A veces, pesan tanto que tiemblan los cimientos sobre los que hemos construido nuestra existencia, como si de una casa prefabricada se tratara.

   La tecnología nos aboca una nueva vida en cambio perpetuo. Se habla de ella como un hecho sobrenatural y sobrevenido, pero es nuestra propia creación. El homo tecnologicus ha cambiado sus formas de producción, de ocio y de modo de vida. Su tecnología, la nuestra, ha hecho que cada pequeña mutación en un punto infinitesimal en la otra punta del planeta llegue con increíble celeridad y sea aceptada como propia. Pero aún con todo, nos resistimos, siempre en perpetua lucha interior, ahora contra nosotros mismos y nuestros inventos que nos hacen la vida más fácil en lo global, pero más difícil en lo individual. Ellos no lo saben, pero ese cambio aparente tiene como único anhelo que todo permanezca como hasta ahora. En El Gatopardo se avanzaba: si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.
  
   Así que dejaremos que crean que todo está cambiando mientras, en esta noche tan larga que parece que nunca va a acabar, todos los gatos pardos velan en silencio para todo siga igual.

viernes, 8 de octubre de 2010

Mil palabras exprés

Mil palabras parecen ser suficientes para cualquier cosa. Así reza el reclamo de muchos cursos de Inglés con mil palabras, a razón de 50 nuevas por semana. Empezando ahora, el 25 de febrero de 2011 seremos más sociales y sociables, capaces de preguntar y responder con eficacia certera. Y esas son más o menos las que utilizamos en el día a día en nuestro propio idioma. Todo lo demás es tildado de preciosismo y al alcance de intelectuales y gente de mal vivir.

   Los oráculos del desastre entran hoy con sus palabras en la arena comunicativa haciendo tronar sus vuvuzelas. Pero, ¿quiénes son esos cien economistas que recomiendan una drástica reforma de las pensiones? Los conozco bien, hay muchos como ellos y cada día que pasa exhiben sus garras con menos pudor. Son ese tipo de gurús que, desde el cobijo ideológico que les proporcionan las teorías neoliberales más antisociales, acuden al chascarrillo tan en boga de “Vaticina lo malo y acertarás”. Ni mil palabras necesitan para ver quién la dice más gorda.


Imagine (una palabra basta). Clica
   Más que lo que dicen, al fin y al cabo sólo combinan de manera diferente las mil palabras básicas, lo más inquietante es que son estos tecnócratas demagogos los que, mientras escribo estas líneas, están impartiendo una clase magistral desde su taifa y forjan a golpe de martillo el espíritu individual y colectivo de los hombres y mujeres que gobernarán nuestros destinos cuando seamos viejecitos. La esperanza es que, en estos tiempos multiculturales donde lo tridimensional hace furor, esas mil palabras se acompañen también de mil gestos, mil miradas, mil silencios exprés. Eso diría mucho más en nuestro favor que todas las palabras de esta Babilonia.

Habrá que escuchar a los ancianos del lugar, ricos en palabras, gestos, miradas y silencios...

jueves, 7 de octubre de 2010

Piedras

Somos como piedras. Nacemos vulnerables, sumamente dependientes y lloramos mucho. Pero con el tiempo dejamos de llorar y empezamos a endurecernos hasta convertirnos en piedras. No es que nos hagamos más fuertes,  simplemente más duros. Los más dóciles acaban erosionándose en sus capas superficiales por la acción continuada de agentes externos. Son más amables y adquieren formas caprichosas, pero no por eso pierden su esencia. Las piedras más duras, en cambio, resisten la erosión del día a día pero corren el riesgo de romperse en pedazos hasta hacerse gravilla y acabar con el corazón de piedra. 

   Cuando la lluvia y el viento son tan fuertes que pueden llegar a mover montañas, muchas se desprenden y se quedan por el camino, bloqueándolo. Con suerte, alguien las recogerá con palas y permanecerán sedimentadas al borde. Si aprenden a juntarse, las piedras son capaces de hacer grandes cosas: construyen catedrales, edificios, murallas, diques de abrigo, paseos marítimos, rellenan los huecos vacíos para afianzar estructuras y, las más afortunadas, vuelven a formar una nueva montaña.

   Hay quienes siendo de aspecto rugoso y arisco, se deshacen en miles de partículas al contacto decidido de una mano y dejan de ser piedras. Esas manos no abundan, pero son también piedras que, tras un largo proceso de pulido, han conseguido deshacerse de lo innecesario, de las capas más superficiales, del miedo, del odio..., y se han convertido en piedras preciosas. Basta un fugaz rayo de luz para que esas piedras preciosas lo multipliquen y reflejen a su alrededor en cada pequeño giro. Aquellos que están en contacto con esas piedras preciosas son millonarios afortunados. Aunque no imposible, es difícil reconocerlas porque muchas se esconden detrás de una superficie petrificada color gris mate.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Simulando, simulando, simulando

En ocasiones, no basta con ser creíbles, también hay que parecerlo. La reforma de las pensiones que se debate hoy tiene como loable objetivo hacernos creíbles ante los mercados, sí, los mismos que especularon hasta hacernos parecer unos insolventes.

Tampoco basta con ser estupendos, hay que parecerlo. Todos pueden sentirse incómodos junto a un cenizo creyente y que postula sobre su desgracia. Está demostrado que es contagioso y la ley de la gravedad es inexorable entonces, haciendo caer también a quien se pone al lado. Hay que simular, simular, simular y disimular. Si no, estamos perdidos.

¡Feliz cumpleaños, Fito!

martes, 5 de octubre de 2010

Buenas noticias

Sólo la idea ya fue una buena noticia. Ante tanta perspectiva desoladora, decidimos emprender una aventura periodística. Doble riesgo, no sólo por la dificultad de poner en marcha una empresa con el añadido de que funcione, sino porque el objetivo era inundar nuestras páginas de buenas noticias. Estábamos seguros de que existían, los viejos del lugar las recordaban, así que sólo era cuestión de ponerse manos a la obra. Hasta ahora, la audiencia, el lector, nuestro futuro público, se abatía ante sus ordenadores y luchaba contra las páginas de los diarios en los días de viento para encontrarse, tras el esfuerzo, con otro titular deprimente.
    Trabajamos duro. Buscamos por todas partes y, al poco, nuestra pequeña redacción se inundó de buenas noticias, tantas que dejamos de imprimirlas. No queríamos que nuestro positivo espíritu acabara de cuajo con la campaña de los mil millones de árboles de Naciones Unidas ni negar a nuestros nietos un futuro sin mascarillas. Seguimos criterios estrictamente periodísticos para hacer la criba. Proximidad, notoriedad, actualidad, interés mayoritario, exclusividad, cantidad de personas afectadas e interés y curiosidad humana. El conflicto, uno de los criterios principales, no nos servía, y en nuestras papeleras de reciclaje cada día estallaban guerras, se producían terremotos y golpes de Estado, se destapaban corruptelas... Buenas noticias en mano, empezamos a contrastarlas en pos de la veracidad y la diversidad de enfoques…

   Ahora, mi compañero de aventuras trabaja en el departamento de comunicación de una importante entidad financiera que ofrece una hipoteca creciente, en la que no empiezas a pagar hasta el primer año. Consiguió lo que buscaba, porque su bandeja de salida en dirección a los medios está repleta de buenas noticias para su empresa. Yo, por mi parte, me he ido a vivir a un anuncio publicitario, donde atravieso laderas idílicas, bosques nevados, grandes urbes y cascos antiguos siempre desiertos al volante de un coche de gama alta ¡siempre limpio! Mi familia es maravillosa y siempre aparcamos el coche en la puerta de casa. Al menos, desde la pantalla, no engaño y apenas contamino el paisaje informativo.

lunes, 4 de octubre de 2010

El paro atroz

Atroz. Tradicionalmente, septiembre es nefasto para el empleo de playa y chiringuito, todo tipo de chiringuito, que abunda en el registro mercantil. Este no ha sido tan malo como el del año pasado, pero es que cada vez son menos los que continúan girando en la rueda y la centrifugadora en que se ha convertido el mercado expulsa cada vez menos partículas. También los golpes contra los muros son cada vez más espaciados. Volvemos a ser cuatro millones de pariados, aunque en este gran contenedor de cáscaras vacías haya también clases según su destreza para mantenerse a flote.
    En este cementerio de elefantes nos numeran, nos forman en nuevas habilidades, nos deforman con porcentajes y nos conforman con promesas. Nos facilitan la renovación de la demanda de empleo por Internet para ganar tiempo y atender así a nuevas partículas desprendidas de la centrifugadora. No gustan de tumultos ni de murmullos. Así también evitan que veamos reflejado en otras miradas nuestro propio fracaso y el suyo. Sería contraproducente.

   Paro. Tras la visita al departamento de recursos (pocos) humanos (ninguno), la vida queda congelada en un fotograma tembloroso, desenfocado, en el mismo momento en que resbalas por el muro tras ser despedido a escobazos en una curva del tren de la bruja de esta feria de los horrores. Hay personas que también se sienten parte infinitesimal de la estadística. Pero por ellas no se encienden las alarmas porque se apean del tren en marcha sin hacer ruido. Apenas un golpe contra el muro. Uno más. Una menos.

domingo, 3 de octubre de 2010

Colores

Hay personas que, cuando apagan la luz de su habitación, hacen un balance cromático del día. Conozco a una de ellas. Dependiendo de lo que han escuchado, intuido, visto, dicho o hecho asignan un color al día, para caer luego en un sueño reparador tras el esfuerzo. Hay personas que, no cansadas con este ejercicio de memoria y análisis, van más allá y no concilian el sueño si no resuelven el rompecabezas del cubo de Rubik en que se han convertido sus vidas.
    En realidad, los colores no existen. Son sólo una percepción subjetiva, el reflejo de la luz sobre un objeto. Por eso, cuando hay poca luz, sólo conseguimos ver en blanco y negro. Los daltónicos vienen a poner en evidencia que no son una ley universal irrefutable e, incluso ellos, los perciben de manera distinta unos de otros.

   En la pantonera de la vida, hay tantos colores como días, con todos los matices, tonos, incluso texturas que hacen parecer diferentes dos colores exactos. Hay días grises, lunes negros, personas marrones, días en blanco para el olvido, días rojos de furia o pasión, días verde esperanza y vidas de color de rosa, amarillos gafados, naranjas vitales, azules plácidos…  Los domingos de elecciones todos los colores se dan cita en las urnas.

   Lástima que hoy haya amanecido nublado en muchos sitios. En Madrid, esas nubes, lejos de formar un prisma que amplíe el espectro, desdibujan y empalidecen los colores, la mitad de Brasil ha amanecido también nublado (debe ser la del 40% de la población que vive todavía en la pobreza absoluta), aunque la estela de Lula promete soplar para despejar el horizonte. Pero en Bosnia, los cielos parcialmente despejados delatan los uniformes de camuflaje que reflejaron únicamente horror con mayúsculas no hace tanto.

sábado, 2 de octubre de 2010

La marea

En días como hoy, cuando el enemigo se ha atrincherado en la boca del estómago, prefiero callar y que sigan hablando otros, aunque sean los de siempre. Sus voces, de tanto oídas, ya son casi como de la familia y glosan el desastre presente y futuro con profusión de datos para que lo entendamos todo muy bien y luego no haya derecho a reclamación. En días así, es reconfortante abrir velas y dejarse mecer por este viento todavía cálido de otoño, aunque sea en un mar denso de mentiras piadosas. Al fondo, me parece ver la silueta del Titanic acercándose a los grandes bancos de hielo de Terranova.


viernes, 1 de octubre de 2010

Maleducados

Con soltura, así nos movemos entre la mala educación, ya imperceptible de tan acostumbrados que estamos. Son maleducados los antisistema y antiideología que destrozan escaparates, maleducados los policías que, siguiendo la consigna, salen de sus furgonetas blindadas en tropel a zurrar al primero que pase, maleducados los políticos con sus maleducadas políticas, que liban el apetitoso néctar neocon, maleducada la justicia, que se demora en procesos ahogados en papel cuando la ofrenta al débil es flagrante.

Son maleducados los que subestiman los daños, los que crean comisiones de estudio para analizar la idoneidad de medidas que deberían ser prioritarias, los que hablan bajo amparados en el anonimato de la masa, pero también los que callan son maleducados. Los que arengan sin pensar lo que dicen y los que asienten sin criterio, quedándose con lo primero que pasa. Y los impasibles, esos son los más maleducados. A veces, la buena educación aparece como una rara flor en busca de la luz, y lanza un grito al viento para que lo lleve donde quiera, mientras los hongos proliferan atrincherados en la oscuridad del sótano.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Un balance general más de la huelga parcial

La ejemplar huelga semigeneral de ayer no pasará a la historia del sindicalismo como una fecha para el recuerdo o el orgullo, ni glosará ninguna hazaña que los viejos sindicalistas puedan contar a sus nietos.

Edificio Banesto 'okupado'  (Foto: EP)
La reprimenda de los sindicatos al hijo predilecto, ahora descarriado del buen camino de la izquierda por las malas compañías, empezó con la boca pequeña y así acabó. Quienes secundaron la huelga por dignidad, por su futuro, para dormir tranquilos, lo hicieron con la misma arruga en el alma que quienes decidieron ir a trabajar, amargados unos y otros por una situación de no retorno al fin y al cabo. 

   Ayer no nos jugábamos a una carta la pérdida de derechos sociales, esos que se tardaron un siglo en conseguir a base de lucha y sacrificio. Sí, sí, aquéllos. No. La sociedad del bienestar se diluye poco a poco, sin aspavientos, como se resquebraja el hielo de la Antártida, apenas unos crujidos puntuales de los palos de una baraja marcada desde la primera partida. Gota malaya que se pierde por el entresijo de desagües de bancos y edificios públicos hasta acabar convertida en agua de cloaca.

   Barcelona, que gusta tanto de los grandes fastos, recuperó la gloria de principios de lo 90 con unos improvisados Juegos Olímpicos antisistema. Así que aprovechando la manifestación contra la reforma laboral, se procedió a desokupar a los atrincherados en el edificio de Banesto desde el fin de semana. Carreras de fondo, cien metros lisos, salto de obstáculos, lanzamiento de vidrio, tiro al plato, quema de contenedor... Panem et circenses 2.0. Al final, resulta que sólo querían vivir en una finca regia y vestir ropa cara. Nada que objetar: todos tenemos nuestras contradicciones y eso nos hace encantadores. Somos humanos, no máquinas programadas exclusivamente para la protesta.